“- Entusiasmo: Fil. El entusiasmo es un estado de sentimiento que, como todo lo que se refiere a la vida afectiva, carece de una definición precisa. Se siente mejor que se explica (...). Implica desde luego el entusiasmo, un estado cuya característica primordial consiste en que el sentimiento abandona el campo contemplativo, la posición estática, y tiende a lo dinámico, a la acción y al movimiento (...).
“(...) se puede en parte colegir otro carácter del entusiasmo, a saber, que aparece como exaltación del sentimiento provocado por estímulo o acicate interior, referido en toda la antigüedad a una acción directa de lo divino sobre el individuo (furor divinus).
“(...) el entusiasmo, abandonado a sí mismo, sin límite ni freno que le sirva de cortapisa, sigue la propia ley del sentimiento que, aislado y en exaltación, se contradice (...), circunstancia que obliga a reconocer la necesidad de armonizar los sentimientos o de convertir el entusiasmo en entusiasmo reflexivo (...)”.(1)
Cuando aparece una idea, como algo indefectible, la fluidez interna con la que surge, se impone como un mandato que ordena su realización.
Esa fluidez es, al principio, un caos de palabras y pensamientos desordenados que al escribirlos ocupan un lugar prestado: palabras y pensamientos van más rápido de lo que puedo expresar y dejo que jueguen al juego que más les guste -ocultándose, apareciendo, ahora arriba, luego más abajo-, hasta que después de varios intentos, logran encontrar el espacio puntual, el que expresará claramente la idea.
En este intento, transcurro algunos días, y a veces meses, con la intención de dar forma a aquello que se presenta como ‘interesante’.
A medida que la idea se va plasmando en esa construcción, voy imaginando y visualizando el hecho en sí, como ya puesto en acción. Y en esa imagen aparece una serie de acontecimientos: encuentros, rostros, lugares posibles para el desarrollo del proyecto; diálogos, posturas y acciones, que tienden a que el cauce del mismo sea favorable; y, también, elucubraciones sobre las dificultades que pueden presentarse, pero, siempre, éstas como improbables... En el fondo ‘creo’ que todo saldrá de maravillas porque ¡claro!, hasta aquí, todo está en el plano de las ideas, y el hálito de euforia del que estoy imbuida, es como una cortina que no me permite ver qué hay del otro lado: la realidad.
Me sucede que mientras voy finalizando la etapa escrita de un ‘proyecto‘, o lo que fuere -un artículo, el organigrama de tareas semanales, una clase de teatro-, cuando todo parece listo para poner manos a la obra, casi simultáneamente, comienzo a tener una sospecha: la de estar frente a una ilusión.
Surgen preguntas como: ¿qué fue lo que me hizo creer que este proyecto se llevaría a cabo?, ¿es posible que alguien esté interesado en él?, ¿encontraré a las personas adecuadas para tal fin?, etc.
Reflexionando acerca de qué actitudes o sentimientos me son propios, con cuáles convivo en mi estar-estando en la vida, y cómo me muestro a través de ellos produciendo diferentes efectos, es que observo lo siguiente:
El 'entusiasmo', actitud con la que emprendo a menudo muchas de las tareas que me toca realizar y... todo va bien, hasta que alguien, con alguna palabra o, simplemente un gesto, me remite a la duda: ¿será por acá,... me habré equivocado...? El entusiasmo se esfuma, y con él la ilusión. Y esto ocurre sólo en un instante, apenas ése... que transforma las horas y días de trabajo ‘calculado’ en la sensación de tiempo ‘perdido’.
En ese momento me doy cuenta de la ‘omisión’. Mientras trabajaba, sólo había calculado resultados positivos, aquellos que responden a mi creencia, a mi ‘querer tal cosa’.
Es decir, caigo en la cuenta de que mi trabajo ha sido producto de la excitación que me impulsa a ver logros. Un trabajo no meditado, descuidado, desatento, en donde, además de resultados ‘positivos’ -si los hubiera-, caben imponderables, diferencias de opinión, de gustos, de momentos propicios para la acción de cualquier tarea.
Esto me lleva a la pregunta: ¿sobre qué clase de cimientos entonces, fundo mis ideas, proyectos, acciones?
Me parece, que la respuesta tiene que ver con la 'pereza'.
Pereza como carencia, como ausencia de una mirada que considere un para qué específico del accionar. No digo que carezca de dicha mirada, ya que si algunos la tienen, probablemente también haya sido favorecida con ella; sino que está languidecida, distanciada del compromiso que implica encauzar cualquier tarea, teniendo en cuenta que siempre hay otro que recibe tanto mi ‘descuido’ como mi ‘disciplina’.
Alcanzar una mirada -por decir dar alcance, conquistar con trabajo, meticulosidad, con prueba y error-, creo, que es algo así como ponerse en movimiento, usando la capacidad que nos ha sido concedida, de manera responsable, no menospreciando y menospreciándonos; no escatimando esfuerzo en agudizar hasta el mínimo detalle de las tareas en que participamos y que, movidos por el entusiasmo de los ‘resultados’, se convierte en indolencia, distanciamiento, pereza, poniendo en peligro a nuestros semejantes.
En definitiva, vivir con esa visión, cuyo alcance contemple: no el entusiasmo “abandonado a sí mismo”, sino encauzado en ir haciendo lo que nos va siendo encomendado, en forma cuidadosa, atenta, solícita. Desarrollar actitudes que colaboren para ir saliéndonos de la pereza y nos encaminen al “entusiasmo reflexivo”: al camino de la diligencia.
“La pereza que no descansa, depreda
La pereza que no descansa, depreda.
Ya que al no incurrir
en tensar su distensión,
viola, devasta
a la diligencia.”(2)
“(...) se puede en parte colegir otro carácter del entusiasmo, a saber, que aparece como exaltación del sentimiento provocado por estímulo o acicate interior, referido en toda la antigüedad a una acción directa de lo divino sobre el individuo (furor divinus).
“(...) el entusiasmo, abandonado a sí mismo, sin límite ni freno que le sirva de cortapisa, sigue la propia ley del sentimiento que, aislado y en exaltación, se contradice (...), circunstancia que obliga a reconocer la necesidad de armonizar los sentimientos o de convertir el entusiasmo en entusiasmo reflexivo (...)”.(1)
Cuando aparece una idea, como algo indefectible, la fluidez interna con la que surge, se impone como un mandato que ordena su realización.
Esa fluidez es, al principio, un caos de palabras y pensamientos desordenados que al escribirlos ocupan un lugar prestado: palabras y pensamientos van más rápido de lo que puedo expresar y dejo que jueguen al juego que más les guste -ocultándose, apareciendo, ahora arriba, luego más abajo-, hasta que después de varios intentos, logran encontrar el espacio puntual, el que expresará claramente la idea.
En este intento, transcurro algunos días, y a veces meses, con la intención de dar forma a aquello que se presenta como ‘interesante’.
A medida que la idea se va plasmando en esa construcción, voy imaginando y visualizando el hecho en sí, como ya puesto en acción. Y en esa imagen aparece una serie de acontecimientos: encuentros, rostros, lugares posibles para el desarrollo del proyecto; diálogos, posturas y acciones, que tienden a que el cauce del mismo sea favorable; y, también, elucubraciones sobre las dificultades que pueden presentarse, pero, siempre, éstas como improbables... En el fondo ‘creo’ que todo saldrá de maravillas porque ¡claro!, hasta aquí, todo está en el plano de las ideas, y el hálito de euforia del que estoy imbuida, es como una cortina que no me permite ver qué hay del otro lado: la realidad.
Me sucede que mientras voy finalizando la etapa escrita de un ‘proyecto‘, o lo que fuere -un artículo, el organigrama de tareas semanales, una clase de teatro-, cuando todo parece listo para poner manos a la obra, casi simultáneamente, comienzo a tener una sospecha: la de estar frente a una ilusión.
Surgen preguntas como: ¿qué fue lo que me hizo creer que este proyecto se llevaría a cabo?, ¿es posible que alguien esté interesado en él?, ¿encontraré a las personas adecuadas para tal fin?, etc.
Reflexionando acerca de qué actitudes o sentimientos me son propios, con cuáles convivo en mi estar-estando en la vida, y cómo me muestro a través de ellos produciendo diferentes efectos, es que observo lo siguiente:
El 'entusiasmo', actitud con la que emprendo a menudo muchas de las tareas que me toca realizar y... todo va bien, hasta que alguien, con alguna palabra o, simplemente un gesto, me remite a la duda: ¿será por acá,... me habré equivocado...? El entusiasmo se esfuma, y con él la ilusión. Y esto ocurre sólo en un instante, apenas ése... que transforma las horas y días de trabajo ‘calculado’ en la sensación de tiempo ‘perdido’.
En ese momento me doy cuenta de la ‘omisión’. Mientras trabajaba, sólo había calculado resultados positivos, aquellos que responden a mi creencia, a mi ‘querer tal cosa’.
Es decir, caigo en la cuenta de que mi trabajo ha sido producto de la excitación que me impulsa a ver logros. Un trabajo no meditado, descuidado, desatento, en donde, además de resultados ‘positivos’ -si los hubiera-, caben imponderables, diferencias de opinión, de gustos, de momentos propicios para la acción de cualquier tarea.
Esto me lleva a la pregunta: ¿sobre qué clase de cimientos entonces, fundo mis ideas, proyectos, acciones?
Me parece, que la respuesta tiene que ver con la 'pereza'.
Pereza como carencia, como ausencia de una mirada que considere un para qué específico del accionar. No digo que carezca de dicha mirada, ya que si algunos la tienen, probablemente también haya sido favorecida con ella; sino que está languidecida, distanciada del compromiso que implica encauzar cualquier tarea, teniendo en cuenta que siempre hay otro que recibe tanto mi ‘descuido’ como mi ‘disciplina’.
Alcanzar una mirada -por decir dar alcance, conquistar con trabajo, meticulosidad, con prueba y error-, creo, que es algo así como ponerse en movimiento, usando la capacidad que nos ha sido concedida, de manera responsable, no menospreciando y menospreciándonos; no escatimando esfuerzo en agudizar hasta el mínimo detalle de las tareas en que participamos y que, movidos por el entusiasmo de los ‘resultados’, se convierte en indolencia, distanciamiento, pereza, poniendo en peligro a nuestros semejantes.
En definitiva, vivir con esa visión, cuyo alcance contemple: no el entusiasmo “abandonado a sí mismo”, sino encauzado en ir haciendo lo que nos va siendo encomendado, en forma cuidadosa, atenta, solícita. Desarrollar actitudes que colaboren para ir saliéndonos de la pereza y nos encaminen al “entusiasmo reflexivo”: al camino de la diligencia.
“La pereza que no descansa, depreda
La pereza que no descansa, depreda.
Ya que al no incurrir
en tensar su distensión,
viola, devasta
a la diligencia.”(2)
Gloria Piñero
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(1) Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias, Artes, Etc. Tomo VIII. Editores Montaner y Simón, Barcelona. W.M. Jackson, Inc. Nueva York.
(2) "Fabulario". Makinistian, Rubén León. Editorial Privada, Rosario, Santa Fe, Argentina, 1997














1 comentario:
En la sincronía de recibir tu invitación a ver el blog y la de linkearme justo al mensaje "maestro" (por lo que me muestra en su precisa descripción y por la orientación al recordatorio de quienes somos) para éste, mi hoy de ahora mismo, me queda este agradecimiento, breve, con más intención de silencio que de agregado.
Y una bienvenida y felicitación a este espacio de encuentro, al que veo en ESPEJO con tus propias palabras: "encauzado en ir haciendo lo que nos va siendo encomendado, en forma cuidadosa, atenta, solícita."
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