En determinados ejercicios de autoexploración que propongo en el taller de práctica teatral, como un modo de inducir a que los participantes busquen en su interior diferentes sensaciones y puedan expresarlas, si bien el ejercicio se desarrolla de acuerdo a lo planteado paso a paso -y entonces, podría decir que la consigna se ha cumplido-, tengo la sensación de que lo que aparece es mas bien un 'no mostrar', justamente, aquellos sentimientos como el miedo, la vergüenza, el prejuicio a ser juzgado, que describen los bloqueos que todos tenemos y aparecen solapados detrás de las palabras.
Cuando se charla acerca de lo sucedido en el ejercicio, observo, en algunos casos, que el discurso verbal contradice al cuerpo, que manifiesta la misma rigidez que al comienzo; es más, en algunas ocasiones, la rigidez se acentúa, es como si se produjera una lucha interna, una especie de pelea silenciosa establecida entre partes en pugna para que lo genuino no aparezca.
Percibo que, ante ejercicios cuyo objetivo es ahondar en nuestro lado oscuro, 'no pasa nada', como si nunca hubiéramos experimentado culpabilidad, ira, asombro, miedo; como si no nos constaran o fueran inherentes a nosotros, los humanos, esos sentimientos.
Entre otros objetivos, el trabajo de taller apunta a que quien elige esta actividad: el teatro, gradualmente y cada uno a su tiempo, pueda internarse en sí mismo, averiguando, constatando, descubriendo aquello que por 'oscuro' no permitimos que nos albergue. Y entonces, si echamos 'luz' sobre estos aspectos, dejando que aparezcan, quizás podamos convivir con esos sentimientos que, nos gusten o no, habitan en nosotros.
¿De qué manera puede aquel actor que representa el rol de un asesino, mostrar el sentimiento de odio o de venganza que es propio del personaje, si no cabe en su vida privada tal experiencia?; ¿no es buscando en su archivo personal imágenes o asociaciones de hechos que le permitan rememorar esos sentimientos para luego actuarlos?
Cuando se charla acerca de lo sucedido en el ejercicio, observo, en algunos casos, que el discurso verbal contradice al cuerpo, que manifiesta la misma rigidez que al comienzo; es más, en algunas ocasiones, la rigidez se acentúa, es como si se produjera una lucha interna, una especie de pelea silenciosa establecida entre partes en pugna para que lo genuino no aparezca.
Percibo que, ante ejercicios cuyo objetivo es ahondar en nuestro lado oscuro, 'no pasa nada', como si nunca hubiéramos experimentado culpabilidad, ira, asombro, miedo; como si no nos constaran o fueran inherentes a nosotros, los humanos, esos sentimientos.
Entre otros objetivos, el trabajo de taller apunta a que quien elige esta actividad: el teatro, gradualmente y cada uno a su tiempo, pueda internarse en sí mismo, averiguando, constatando, descubriendo aquello que por 'oscuro' no permitimos que nos albergue. Y entonces, si echamos 'luz' sobre estos aspectos, dejando que aparezcan, quizás podamos convivir con esos sentimientos que, nos gusten o no, habitan en nosotros.
¿De qué manera puede aquel actor que representa el rol de un asesino, mostrar el sentimiento de odio o de venganza que es propio del personaje, si no cabe en su vida privada tal experiencia?; ¿no es buscando en su archivo personal imágenes o asociaciones de hechos que le permitan rememorar esos sentimientos para luego actuarlos?
Gloria Piñero














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